Los Sí de la oración

En todo tiempo y lugar

La oración es una parte muy importante de la vida de personas religiosas en todo el mundo. Sin embargo, sería un error pensar que es exclusiva. La oración necesita ser parte de la vida cotidiana de las personas comunes. Y para practicarla, es posible hacerlo en lugares no tradicionales, fuera de los templos o la familia.

Sentirse libre

En el momento de la oración ninguna otra cosa es más importante. Por lo tanto, podemos sentirnos libres de otros condiciona
mientos. Libres para dar una respuesta emocional al llamado de la divinidad, sin imposiciones ni presiones. Libres para dejarnos guiar sólo por la fe, la devoción y los propósitos que nos mueven a orar.

Escuchar

Es importante aprender a hablarle a la divinidad en oración. También es importante soltarnos para que la expresión sea libre. Pero mucho más importante aún es aprender a escuchar. El silencio en la oración es una herramienta de eficacia.

Disposición a obedecer

La disposición a obedecer ensalza la oración.

Al orar pidiendo la guía de la divinidad en una determinada circunstancia de la vida, debemos estar dispuestos a aceptarla.
Por un lado, es importante aprender a escuchar y —en relación con el punto anterior— aprender a discernir la voz interior o la voz de la divinidad de las muchas otras voces que se alzan en la mente.
Una vez que aprendemos, ¿de qué vale la oración si no estamos dispuestos a obedecer?

Supongamos que durante la oración tenemos la clara percepción de que para solucionar un problema necesitamos cambiar una actitud o realizar una acción que no preveíamos. Nos resultaría más cómodo no tener que hacerlo y que las cosas se acomoden solas a nuestro favor. Sin embargo, la respuesta nos ha llegado y, aunque no sea la que soñábamos, tenemos que estar listos para recibirla.
Si no estamos dispuestos a seguir la inspiración de la oración, entonces ésta no es más que palabrerío vano. No hay oración eficaz sin entrega y sin voluntad para aceptar lo que en ella descubrimos.

Un gran riesgo: la falta de discernimiento

La falta de discernimiento es el riesgo mayor.
Si dedicamos unos minutos a observar qué ocurre en el interior de nuestra mente, veremos que ésta mantiene un diálogo interior
perpetuo. Se alzan distintas voces, con mensajes contradictorios, y algunas parecen hacerlo con convicción.

¿Cómo podemos discernir entre la voz profunda de un anhelo genuino y la voz convincente de un deseo nacido del egoísmo, los celos o el temor?
La capacidad de discernimiento es algo que se adquiere con la práctica de la oración.

No hay que engañarse a uno mismo

El engaño de sí mismo es una de las formas más frecuentes de deslucir la propia oración.
El engaño se produce en aquellos momentos en que estamos convencidos de que nos entregamos, de que la oración es auténtica, de que estamos yendo por el buen camino, pero permanecemos ciegos ante nuestro propio egocentrismo, mal genio, envidia, celos u orgullo.

En más de una ocasión podemos sentir el deseo ferviente de orar. Sin embargo, un examen de conciencia nos llevaría a la conclusión de que nuestras motivaciones surgen de la envidia o el egoísmo.
Estamos tan centrados en nosotros mismos y nuestros deseos más inmediatos, que no tomamos conciencia del entorno, de los demás y de que a veces algo que parece un anhelo es sólo un capricho.
Una oración arraigada en el egocentrismo o en sentimientos negativos difícilmente pueda ser atendida.

Reflexionamos sobre la autocompasión

La autocompasión es el extremo contrario, tan vano como el anterior.

Regodearse en los propios problemas, en qué mal estamos, qué impotentes e insuficientes somos, no deja de ser una forma más de darse importancia.
Bajo el disfraz de la humildad y la conmiseración, puede esconderse una negativa a cambiar la situación presente o simplemente el rechazo a recibir bienes mejores.
La autocompasión indisciplinada socava la autoestima y, por consiguiente, inhibe la voluntad.

Las oraciones, entonces, resultan desinfladas, forzadas, con poca convicción o entrega.

Orgullo y otros sentimientos que hay que dejar de lado

La suficiencia, el orgullo y la jactancia producen oraciones vanas.
¿Cuántos creyentes, por el hecho de tener una vida de oración, se sienten mejores que los demás y con derecho a juzgarlos?
Las tradiciones espirituales de Oriente insisten mucho sobre este punto. Cuando uno nota que está haciendo progresos en la vida de oración comienzan a aparecer trampas mucho más sutiles y poderosas. Creerse superior y mirar al resto del mundo por encima del hombro es una de ellas.
Le llaman el “efecto rebote”. Cuando uno cree haberse elevado, y de hecho siente que su espíritu se eleva y establece una comunicación fluida con lo sagrado, darse importancia personal a costa de los demás significa un descenso.

Los orientales lo atribuyen a una reacción del ego, que al sentirse amenazado por la presencia de lo sagrado, hace lo posible por retomar el control.
La sensación de progreso que desemboca en orgullo —enseñan— forma parte de la ilusión. Por lo tanto, la mejor solución es ignorarla, dejar que pase de largo o atravesarla sin hacer caso del canto de sirena que nos susurra en los oídos.

Para la tradición espiritual indoamericana, la importancia personal es uno de los cuatro enemigos mortales del guerrero. “Mortal” porque tiene poder para estancar el crecimiento espiritual.
Un proverbio budista dice: “Si en tu camino te encuentras con el Buda, mátalo”. El sentido profundo es que si en algún momento nos creemos iluminados o superiores, moral o espiritualmente, a los demás, es necesario destruir esa percepción, ya sea ignorándola o manteniéndola a raya.

La suficiencia, el orgullo y la jactancia aten tan contra la humildad y la apertura del corazón necesarias para que la oración sea eficaz.

La actitud del cuerpo y el esquema de la oración

El gran esquema de las cosas necesita acomodarse.

En concordancia con el punto anterior, necesitamos cultivar la paciencia y una visión amplia. Muchas veces el árbol no nos deja ver el bosque, por lo que al presentar un motivo de oración no tenemos presente el gran esquema de las cosas.
Antes de perder la paciencia o desencantarnos, necesitamos comprender que para hacer lugar a nuestro motivo de oración, muchas cosas concomitantes necesitan acomodarse. Nada sucede aislado ni cae del cielo, y aun si lo hiciera, lo haría dentro de un contexto y afectaría otras cosas cercanas y no tan cercanas.
Tal vez nuestra oración es oída, pero aún no ha llegado su tiempo de cumplimiento, pues para que esto suceda debe encontrar su lugar en el gran esquema de las cosas. Forzarlo sería contraproducente.

En consecuencia, una oración eficaz trata de mantener una visión amplia del contexto que la rodea y se adapta a los tiempos que la vida, en su sentido más elevado, le propone.
La actitud del cuerpo no carece de importancia.
A esto dedicamos toda una sección. Sin embargo, vale reforzar la noción de que la persona es una unidad de cuerpo, mente y alma.
Si la oración ha de ser honesta y eficaz, no podemos prescindir de expresar nuestros sentimientos. Tampoco de la concentración mental. Y así como no podemos prescindir de estas dos cosas, tampoco de prestar atención al cuerpo.

No podemos esperar siempre el momento de adoptar una postura relajada. La oración no siempre equivale a hermosos pensamientos y palabras floridas en posturas confortables. A veces nos retuerce, nos hace caer de rodillas o nos arroja al suelo
Si pretendemos una oración eficaz, debemos estar dispuestos a valernos de distintas posiciones de acuerdo con las circunstancias. O a no temer aquello a lo cual la entrega a la oración nos pueda llevar.

Estar dispuestos a la oración

La disposición a recibir no siempre es la mejor.
Aunque parezca que la necesidad es acuciante o que estamos realmente convencidos de aquello por lo cual oramos, no siempre nuestra disposición interior es la mejor.
Para que la oración sea eficaz, necesitamos practicarla con una actitud receptiva y honesta. Pongamos un ejemplo: una persona desea un cambio laboral que le permita desarrollar su potencial. ¿Está preparada para ese cambio? ¿Está dispuesta a sobrellevar los primeros tiempos de privaciones e incertidumbres? En caso de que ese cambio implique una mayor cuota de responsabilidad en su trabajo, ¿está dispuesta a asumirla?

Con frecuencia suplicamos empujados por un impulso. Sin duda, deseamos aquello por lo que pedimos. Pero no tenemos en cuenta todos los aspectos que conlleva.
Otras veces pedimos sin darnos cuenta de que recibir lo que queremos traería aparejado un cambio de hábitos y actitudes que, en lo profundo de nuestro ser, no estamos dispuestos a abandonar.
La receptividad tiene muchos puntos de contacto con la entrega. Necesitamos estar listos para recibir aquello que deseamos.

El abandono de la oración

El abandono de un motivo de oración también menoscaba la eficacia.

Muchas veces un motivo de oración es abandonado porque el orante ha perdido interés en él o porque se ha dado cuenta de que no le reporta ningún beneficio a su crecimiento espiritual. Con frecuencia volvemos la vista hacia atrás y recordamos motivos de oración que hoy nos parecen absurdos. El mismo crecimiento personal y espiritual lleva a que algunas cosas que antes nos desvelaban ahora parezcan insignificantes.

Sin embargo, no es éste el abandono al que nos referimos, sino la renuncia a la oración porque creemos que no se cumple.
Jesús de Nazaret contó a sus discípulos una parábola al respecto, que se encuentra en Lucas 11:513. Un hombre acude a medianoche a la casa de un amigo a pedirle prestado pan. El dueño de casa, que no muestra un gesto muy amistoso, no quiere atenderlo por lo avanzado de la hora. Sin embargo, finalmente accede, si no por amistad, al menos para que no siga molestando.
La parábola nos enseña acerca de la persistencia en la oración. No se trata de que finalmente la divinidad vaya a concedernos nuestros deseos de mala gana ni de que, por tanto insistir, vayamos a torcerle el brazo.

La enseñanza se aplica en aquellos momentos de aridez espiritual cuando parece que las puertas del cielo están cerradas y los canales de comunicación con lo sagrado no responden.
La oración persistente en etapas como ésta sirve para reforzar nuestra disposición hacia lo divino, es decir, limpiar nuestro vínculo interior para que éste no esté suje
to solamente a los deseos y avatares de las circunstancias.

La insistencia también tiene el efecto de clarificar nuestra plegaria. Tal vez en el camino caigamos en la cuenta de que aquello que pedimos no es conveniente para nosotros, o se contradice con nuestras actitudes y conductas.

Por otra parte, nos ayuda a mantener la mente enfocada más allá de los aparentes fracasos.
El mismo Jesús, como conclusión del pasaje bíblico que incluye la parábola, invita a seguir orando sin darnos por vencidos.

La oracíón y la verborragia

La verborragia ahoga la voz de la divinidad

La verborragia no es sinónimo de elocuencia ni de buena comunicación.
La oración es un diálogo o una comunión con la divinidad, y todo diálogo supone la interacción de dos partes. Si hablamos sin parar, no damos espacio a nuestro interlocutor.
¿Acaso tenemos miedo de lo que Dios pueda decirnos? ¿De dónde surge la compulsión a hablar? ¿De una necesidad de autoafir mación delante de lo sagrado?
Un viejo proverbio dice que el creador nos dio una boca y dos orejas, para que aprendamos a escuchar el doble de lo que hablamos.

En consecuencia, durante la oración es necesario aprender a familiarizarnos con el silencio, de manera tal que podamos dedicar tiempo a escuchar.
En el momento de la plegaria existen preguntas cruciales. Una de ellas, la primera que nos viene a la mente y que es fuente constante de preocupación es: ¿Qué le digo a la divinidad y cómo?
Sin embargo, no menos importante y crucial resulta la pregunta: ¿Qué me está diciendo Dios?
Si nos entregamos a la verborragia, no es cucharemos aquello que lo sagrado tenga para decirnos.

Por lo tanto, para que la oración sea eficaz y tenga sentido es necesario aprender a alternar ei habla con el silencio.
Una buena práctica consiste en retrotraer la mente a intervalos regulares, detener toda acción y palabra de nuestra parte, y preguntarnos ;qué me está diciendo Dios?