¿Por qué creo en Dios?

Creo en Dios no porque lo haya visto, no porque salió un día a caminar y se me apareció con su figura humana, como todos los vemos en las ilustraciones, como nos lo muestran en cartas, en postales, en imágenes, en la televisión, ni siquiera la propia Iglesia.

No creo en un Dios con una figura humana tan real como la mía, pero en un Dios que brota de mi cuerpo, que sale de adentro mío y que entra por fuera por todos los lugares y espacios posibles. Pero en un Dios que está absolutamente en todos lados que es muchísimo más grande y más importante de lo que creemos, y que es un Dios que conoce todo lo que hacemos, aunque seamos millones y millones de personas en el mundo. Ese Dios sabe lo que los ciento, sabe ni sufrimientos, conoce mis vergüenzas y mis tradiciones. Las cuales no son pocas, y aunque tampoco sean muchas son suficientes para pedirle perdón diariamente, y pedir la ayuda para que me enseñe a ser una mejor persona, aunque sea un poquito todos los días.

Cree en Dios por todas las cosas que me pasan en la vida, no solamente las buenas, sino también las malas. Grande o por mi familia, por su belleza, creo en Dios porque veo sonrisas todos los días y por qué tengo la esperanza de seguir adelante cuando me levanto, aunque a veces no al de la suficientes razones, pero igual mi fe en él está intacta y por eso sigo. La creencia en Dios es una creencia ciega, desinteresada, incondicional.

Por todo esto es que creo en Dios.

Oración para agradecer y dar las gracias a Dios

Hoy oramos con una oración a Dios que es muy bonita. Una oración diaria, práctica y amena para entablar contacto con nuestro señor. Dar gracias es una de las acciones más nobles que un ser humano puede realizar frente a Dios. Nuestro Dios todopoderoso todo lo puede y todo lo sabe. Él sabe muy bien que tú pides, y pides, pero nunca haces nada por Él ni por tus pares. Él sabe que lo único que tú quieres es obtener un beneficio personal.

Por eso, ante todo, lo primero que debemos pensar es en cómo estamos de cara a Dios. Pensemos: ¿Cómo tratamos a Dios?. Somos justos con Él como Él lo es con nosotros. ¿O simplemente queremos que nos cumpla un “deseo”, por así decirlo?.

Todas estas preguntas son claves. Si la respuesta a estas preguntas no es la correcta, nuestro diálogo con Dios no será satisfactorio.

Esta oracion de agradecimiento a dios sirve para todos los días. Para que le des gracias a Dios por todo. Por lo que somos, por lo que recibimos, por los amigos y amigas que tenemos, por nuestra familia que tanto queremos. Por toda la gente que nos rodea, los que estaban con nosotros y las nuevas amistades que haremos.

Son esas amistades que Dios nos da las que hacen que nuestra vida cobre un sentido superior. La alegría que nos transmiten es lo que nos hace sonreír.

Pero también le damos gracias a Dios por la tristeza, la necesidad que nos surge, y el dolor. Todo esto nos hace crecer como seres humanos, nos hace darnos cuenta de que la vida también es dolor y también es sufrimiento, porque es lo que nos da pie a la superación, la cual no es siempre posible sin contar con la ayuda de Dios. Y es Él quien más nos apoya cuando estamos solos, cuando estamos mal, cuando no podemos salir del círculo vicioso del pensamiento que generamos en nuestra propia cabeza.

Los Sí de la oración

En todo tiempo y lugar

La oración es una parte muy importante de la vida de personas religiosas en todo el mundo. Sin embargo, sería un error pensar que es exclusiva. La oración necesita ser parte de la vida cotidiana de las personas comunes. Y para practicarla, es posible hacerlo en lugares no tradicionales, fuera de los templos o la familia.

Sentirse libre

En el momento de la oración ninguna otra cosa es más importante. Por lo tanto, podemos sentirnos libres de otros condiciona
mientos. Libres para dar una respuesta emocional al llamado de la divinidad, sin imposiciones ni presiones. Libres para dejarnos guiar sólo por la fe, la devoción y los propósitos que nos mueven a orar.

Escuchar

Es importante aprender a hablarle a la divinidad en oración. También es importante soltarnos para que la expresión sea libre. Pero mucho más importante aún es aprender a escuchar. El silencio en la oración es una herramienta de eficacia.

Disposición a obedecer

La disposición a obedecer ensalza la oración.

Al orar pidiendo la guía de la divinidad en una determinada circunstancia de la vida, debemos estar dispuestos a aceptarla.
Por un lado, es importante aprender a escuchar y —en relación con el punto anterior— aprender a discernir la voz interior o la voz de la divinidad de las muchas otras voces que se alzan en la mente.
Una vez que aprendemos, ¿de qué vale la oración si no estamos dispuestos a obedecer?

Supongamos que durante la oración tenemos la clara percepción de que para solucionar un problema necesitamos cambiar una actitud o realizar una acción que no preveíamos. Nos resultaría más cómodo no tener que hacerlo y que las cosas se acomoden solas a nuestro favor. Sin embargo, la respuesta nos ha llegado y, aunque no sea la que soñábamos, tenemos que estar listos para recibirla.
Si no estamos dispuestos a seguir la inspiración de la oración, entonces ésta no es más que palabrerío vano. No hay oración eficaz sin entrega y sin voluntad para aceptar lo que en ella descubrimos.

Un gran riesgo: la falta de discernimiento

La falta de discernimiento es el riesgo mayor.
Si dedicamos unos minutos a observar qué ocurre en el interior de nuestra mente, veremos que ésta mantiene un diálogo interior
perpetuo. Se alzan distintas voces, con mensajes contradictorios, y algunas parecen hacerlo con convicción.

¿Cómo podemos discernir entre la voz profunda de un anhelo genuino y la voz convincente de un deseo nacido del egoísmo, los celos o el temor?
La capacidad de discernimiento es algo que se adquiere con la práctica de la oración.

No hay que engañarse a uno mismo

El engaño de sí mismo es una de las formas más frecuentes de deslucir la propia oración.
El engaño se produce en aquellos momentos en que estamos convencidos de que nos entregamos, de que la oración es auténtica, de que estamos yendo por el buen camino, pero permanecemos ciegos ante nuestro propio egocentrismo, mal genio, envidia, celos u orgullo.

En más de una ocasión podemos sentir el deseo ferviente de orar. Sin embargo, un examen de conciencia nos llevaría a la conclusión de que nuestras motivaciones surgen de la envidia o el egoísmo.
Estamos tan centrados en nosotros mismos y nuestros deseos más inmediatos, que no tomamos conciencia del entorno, de los demás y de que a veces algo que parece un anhelo es sólo un capricho.
Una oración arraigada en el egocentrismo o en sentimientos negativos difícilmente pueda ser atendida.

Reflexionamos sobre la autocompasión

La autocompasión es el extremo contrario, tan vano como el anterior.

Regodearse en los propios problemas, en qué mal estamos, qué impotentes e insuficientes somos, no deja de ser una forma más de darse importancia.
Bajo el disfraz de la humildad y la conmiseración, puede esconderse una negativa a cambiar la situación presente o simplemente el rechazo a recibir bienes mejores.
La autocompasión indisciplinada socava la autoestima y, por consiguiente, inhibe la voluntad.

Las oraciones, entonces, resultan desinfladas, forzadas, con poca convicción o entrega.

Orgullo y otros sentimientos que hay que dejar de lado

La suficiencia, el orgullo y la jactancia producen oraciones vanas.
¿Cuántos creyentes, por el hecho de tener una vida de oración, se sienten mejores que los demás y con derecho a juzgarlos?
Las tradiciones espirituales de Oriente insisten mucho sobre este punto. Cuando uno nota que está haciendo progresos en la vida de oración comienzan a aparecer trampas mucho más sutiles y poderosas. Creerse superior y mirar al resto del mundo por encima del hombro es una de ellas.
Le llaman el “efecto rebote”. Cuando uno cree haberse elevado, y de hecho siente que su espíritu se eleva y establece una comunicación fluida con lo sagrado, darse importancia personal a costa de los demás significa un descenso.

Los orientales lo atribuyen a una reacción del ego, que al sentirse amenazado por la presencia de lo sagrado, hace lo posible por retomar el control.
La sensación de progreso que desemboca en orgullo —enseñan— forma parte de la ilusión. Por lo tanto, la mejor solución es ignorarla, dejar que pase de largo o atravesarla sin hacer caso del canto de sirena que nos susurra en los oídos.

Para la tradición espiritual indoamericana, la importancia personal es uno de los cuatro enemigos mortales del guerrero. “Mortal” porque tiene poder para estancar el crecimiento espiritual.
Un proverbio budista dice: “Si en tu camino te encuentras con el Buda, mátalo”. El sentido profundo es que si en algún momento nos creemos iluminados o superiores, moral o espiritualmente, a los demás, es necesario destruir esa percepción, ya sea ignorándola o manteniéndola a raya.

La suficiencia, el orgullo y la jactancia aten tan contra la humildad y la apertura del corazón necesarias para que la oración sea eficaz.

La actitud del cuerpo y el esquema de la oración

El gran esquema de las cosas necesita acomodarse.

En concordancia con el punto anterior, necesitamos cultivar la paciencia y una visión amplia. Muchas veces el árbol no nos deja ver el bosque, por lo que al presentar un motivo de oración no tenemos presente el gran esquema de las cosas.
Antes de perder la paciencia o desencantarnos, necesitamos comprender que para hacer lugar a nuestro motivo de oración, muchas cosas concomitantes necesitan acomodarse. Nada sucede aislado ni cae del cielo, y aun si lo hiciera, lo haría dentro de un contexto y afectaría otras cosas cercanas y no tan cercanas.
Tal vez nuestra oración es oída, pero aún no ha llegado su tiempo de cumplimiento, pues para que esto suceda debe encontrar su lugar en el gran esquema de las cosas. Forzarlo sería contraproducente.

En consecuencia, una oración eficaz trata de mantener una visión amplia del contexto que la rodea y se adapta a los tiempos que la vida, en su sentido más elevado, le propone.
La actitud del cuerpo no carece de importancia.
A esto dedicamos toda una sección. Sin embargo, vale reforzar la noción de que la persona es una unidad de cuerpo, mente y alma.
Si la oración ha de ser honesta y eficaz, no podemos prescindir de expresar nuestros sentimientos. Tampoco de la concentración mental. Y así como no podemos prescindir de estas dos cosas, tampoco de prestar atención al cuerpo.

No podemos esperar siempre el momento de adoptar una postura relajada. La oración no siempre equivale a hermosos pensamientos y palabras floridas en posturas confortables. A veces nos retuerce, nos hace caer de rodillas o nos arroja al suelo
Si pretendemos una oración eficaz, debemos estar dispuestos a valernos de distintas posiciones de acuerdo con las circunstancias. O a no temer aquello a lo cual la entrega a la oración nos pueda llevar.

Estar dispuestos a la oración

La disposición a recibir no siempre es la mejor.
Aunque parezca que la necesidad es acuciante o que estamos realmente convencidos de aquello por lo cual oramos, no siempre nuestra disposición interior es la mejor.
Para que la oración sea eficaz, necesitamos practicarla con una actitud receptiva y honesta. Pongamos un ejemplo: una persona desea un cambio laboral que le permita desarrollar su potencial. ¿Está preparada para ese cambio? ¿Está dispuesta a sobrellevar los primeros tiempos de privaciones e incertidumbres? En caso de que ese cambio implique una mayor cuota de responsabilidad en su trabajo, ¿está dispuesta a asumirla?

Con frecuencia suplicamos empujados por un impulso. Sin duda, deseamos aquello por lo que pedimos. Pero no tenemos en cuenta todos los aspectos que conlleva.
Otras veces pedimos sin darnos cuenta de que recibir lo que queremos traería aparejado un cambio de hábitos y actitudes que, en lo profundo de nuestro ser, no estamos dispuestos a abandonar.
La receptividad tiene muchos puntos de contacto con la entrega. Necesitamos estar listos para recibir aquello que deseamos.