El abandono de la oración

El abandono de un motivo de oración también menoscaba la eficacia.

Muchas veces un motivo de oración es abandonado porque el orante ha perdido interés en él o porque se ha dado cuenta de que no le reporta ningún beneficio a su crecimiento espiritual. Con frecuencia volvemos la vista hacia atrás y recordamos motivos de oración que hoy nos parecen absurdos. El mismo crecimiento personal y espiritual lleva a que algunas cosas que antes nos desvelaban ahora parezcan insignificantes.

Sin embargo, no es éste el abandono al que nos referimos, sino la renuncia a la oración porque creemos que no se cumple.
Jesús de Nazaret contó a sus discípulos una parábola al respecto, que se encuentra en Lucas 11:513. Un hombre acude a medianoche a la casa de un amigo a pedirle prestado pan. El dueño de casa, que no muestra un gesto muy amistoso, no quiere atenderlo por lo avanzado de la hora. Sin embargo, finalmente accede, si no por amistad, al menos para que no siga molestando.
La parábola nos enseña acerca de la persistencia en la oración. No se trata de que finalmente la divinidad vaya a concedernos nuestros deseos de mala gana ni de que, por tanto insistir, vayamos a torcerle el brazo.

La enseñanza se aplica en aquellos momentos de aridez espiritual cuando parece que las puertas del cielo están cerradas y los canales de comunicación con lo sagrado no responden.
La oración persistente en etapas como ésta sirve para reforzar nuestra disposición hacia lo divino, es decir, limpiar nuestro vínculo interior para que éste no esté suje
to solamente a los deseos y avatares de las circunstancias.

La insistencia también tiene el efecto de clarificar nuestra plegaria. Tal vez en el camino caigamos en la cuenta de que aquello que pedimos no es conveniente para nosotros, o se contradice con nuestras actitudes y conductas.

Por otra parte, nos ayuda a mantener la mente enfocada más allá de los aparentes fracasos.
El mismo Jesús, como conclusión del pasaje bíblico que incluye la parábola, invita a seguir orando sin darnos por vencidos.

La oracíón y la verborragia

La verborragia ahoga la voz de la divinidad

La verborragia no es sinónimo de elocuencia ni de buena comunicación.
La oración es un diálogo o una comunión con la divinidad, y todo diálogo supone la interacción de dos partes. Si hablamos sin parar, no damos espacio a nuestro interlocutor.
¿Acaso tenemos miedo de lo que Dios pueda decirnos? ¿De dónde surge la compulsión a hablar? ¿De una necesidad de autoafir mación delante de lo sagrado?
Un viejo proverbio dice que el creador nos dio una boca y dos orejas, para que aprendamos a escuchar el doble de lo que hablamos.

En consecuencia, durante la oración es necesario aprender a familiarizarnos con el silencio, de manera tal que podamos dedicar tiempo a escuchar.
En el momento de la plegaria existen preguntas cruciales. Una de ellas, la primera que nos viene a la mente y que es fuente constante de preocupación es: ¿Qué le digo a la divinidad y cómo?
Sin embargo, no menos importante y crucial resulta la pregunta: ¿Qué me está diciendo Dios?
Si nos entregamos a la verborragia, no es cucharemos aquello que lo sagrado tenga para decirnos.

Por lo tanto, para que la oración sea eficaz y tenga sentido es necesario aprender a alternar ei habla con el silencio.
Una buena práctica consiste en retrotraer la mente a intervalos regulares, detener toda acción y palabra de nuestra parte, y preguntarnos ;qué me está diciendo Dios?

La oración y el palabrerío

El palabrerío. ¿Cuántos parecen creer que por hablar mucho la divinidad los va a escuchar más y mejor?
El torrente de palabras, la imposibilidad de poner freno al impulso de hablar y hablar posee dos efectos negativos.
Los maestros espirituales tanto de Oriente como indoamericanos señalan que el hablar mucho es un derroche innecesario de nuestra ener
gía interior. Una energía que, afirman, es necesario concentrar para cosas más importantes.

De hecho, la fisiología nos indica lo mismo. En el acto de hablar movilizamos una gran cantidad de músculos faciales. Esto demanda energía muscular y, sobre todo, nerviosa. Quienes se desempeñan en una tarea que exige el habla —por ejemplo, la docencia— conocen la fatiga nerviosa que esto produce.
Por lo tanto, no por hablar mucho la oración será más eficaz. Una buena comunicación no demanda muchas palabras, sino claridad y sinceridad.
El otro efecto negativo es que el palabrerío excesivo suele ser utilizado para encubrir la realidad, ya sea la realidad de un vacío interior o de una situación dolorosa o angustiante que preferimos no mirar.

Divinidad, pedidos a Dios

Intentar que la divinidad sea cómplice de nuestro egoísmo es una extensión de lo anterior.
Intentamos convencer a Dios de que haga nuestra voluntad, de acuerdo con cómo se nos ocurre que debe ser. Es como si quisiéramos torcerle el brazo para que esté a nuestro servicio. Más aún, al servicio de cualquier ocurrencia.

En este caso invertimos la actitud correcta y nos acercamos al pensamiento mágico, a creer que podemos manipular a los dioses para que actúen en nuestro favor, cuando la actitud correcta es presentarse con humildad ante lo sagrado para escuchar cuál es su voluntad respecto de aquello que nos aqueja.
Pedir que Dios cambie a alguien es una actitud que —aunque parezca inverosímil— muchos asumen.

Al pedir que alguien cambie dejamos de lado el aspecto más importante: ¿qué cambios podemos operar en nosotros para transformar la relación?
Aquí debemos distinguir entre dos actitudes. Un motivo de oración frecuente es que la divinidad ilumine o abra la mente de los gobernantes o quienes tienen posiciones de responsabilidad en la sociedad. Esto es válido, porque estamos hablando de la función y no de la persona.

Otro motivo frecuente es pedir que la divinidad bendiga, ilumine o sane a alguien. Esto también es válido, porque estamos intercediendo por la otra persona.
El problema es cuando pedimos que alguien cambie para que se ajuste a nuestros deseos o expectativas. En este caso se nos cuela el egoísmo y desconocemos que cada ser humano es único y goza de libre albedrío.

Si el problema se plantea en una relación, sea del tipo que fuere, es más acertado orar para comprender qué podemos hacer nosotros para introducir un cambio, o cómo podemos ver el conflicto con otra luz para que se disuelva.
En este sentido, la eficacia de la oración se notará en las actitudes que produce en nosotros.

Irregularidad en la oración

La irregularidad nos impide familiarizarnos con la oración.
No se trata de ponerle trabas a la espontaneidad ni de menospreciarla. Hay momentos en que el alma pide orar y es necesario dejar que fluya.
Pero a veces recordamos que existe algo llamado oración solamente cuando tenemos una urgencia.
La oración, como muchas formas de comunicación, necesita ser cultivada. Necesita cierto grado de concentración e introspección. Así como para realizar determinadas actividades que demandan un esfuerzo muscular necesitamos entrenamiento, lo mismo ocurre con los hábitos mentales.
Muchas veces la irregularidad nos lleva a que, llegado el momento en que sentimos verdadera y profunda necesidad de oración, no sabemos qué hacer.
Una buena manera de lograr que nuestra oración sea fluida, no pierda foco y gane en concentración es proponernos la disciplina de dedicar un tiempo por día o por semana a la práctica exclusiva de la oración. De esa manera estaremos listos, mejor dispuestos y nos sentiremos más seguros cuando llegue el momento de la angustia, la urgencia o el gozo exultante.

Pensamientos erráticos en la oración

Los pensamientos erráticos constituyen una de las mayores fuentes de oraciones ineficaces.
Imaginemos una conversación en que nuestro interlocutor comienza a desarrollar un tema, pero antes de que nos demos cuenta ha saltado a otro y luego a otro. ¿Acaso no resulta difícil seguir el hilo?

Así actuamos nosotros. Comenzamos con un propósito en mente, pero luego los pensamientos se desbocan, parecen seguir su propio rumbo detrás de cualquier cosa, y nos vamos tras ellos.
Para la mente occidental, constantemente bombardeada por estímulos, mantenerla concentración es una tarea cada vez más difícil.

Para evitar las divagaciones de los pensamientos erráticos que nos alejan de la actitud de oración se pueden intentar distintas soluciones.
Una de ellas es disponerse a orar con un propósito firme en la mente. Aunque sea simplemente, el propósito de orar.
Cuando notamos que nos hemos dejado arrastrar por pensamientos que nos alejan de nuestro propósito, no los juzgamos ni nos sentimos culpables ni caemos en el desánimo. Simplemente observamos esos pensamientos, reconocemos que están allí, y retornamos a nuestro propósito inicial o al tema que tratábamos mientras ocurrió la interrupción.
Con el tiempo, notaremos que nuestra mente está más entrenada y que mantener la concentración resulta más fácil.
Una ayuda es mantener un orden lógico dentro de la oración, que bien pueden ser los distintos momentos o clases de oración que hemos estudiado.
Otra ayuda son las fórmulas y oraciones fijas, que cada tanto nos ayudan a retornar al propósito inicial genuino.
Una ayuda más es la lectura de un salmo u oración escrita, a la que podemos ir intercalándole nuestros propios motivos.

Los NO de la oración

Desde el punto de vista del diálogo con la divinidad y de los efectos que produce, la oración es eficaz.

Sin embargo, existen descuidos o actitudes que atentan contra esa eficacia.

A continuación repasaremos actitudes y hábitos que vuelven desaliñada la vida de oración y, por lo tanto, no ayudan a su energía. Servirá, de paso, para recordar las actitudes positivas que sí contribuyen.

En el momento de oración debemos procurar una ininterrumpida comunión con la divinidad.

Por lo tanto, es preciso buscar un espado y tiempo donde podamos dedicarnos exclusivamente a orar, sin intrusiones.
Las intrusiones no sólo provienen del exterior. También pueden provenir de nuestro interior en forma de pensamientos desbocados.
La oración involucra sentimientos y emociones, pero tratemos de evitar los extremos.

La emotividad extrema no tiene nada de malo en sí y poder expresar nuestras angustias, miedos y preocupaciones resulta saludable. Sin embargo, si sólo nos dejamos arrastrar por esas emociones, la oración podrá convertirse en un círculo vicioso que nubla la vista y no permite ver la salida.

El otro extremo, la total aridez emocional, tampoco favorece la práctica de la oración. Sin sentimientos no hay comunión. Los sentimientos forman parte de nuestra vida y ocluirlos totalmente quita carácter genuino a la plegaria.

Ningún extremo es positivo, porque en uno perdemos perspectiva y en el otro perdemos autenticidad. Ni el énfasis exagerado en los sentimientos ni la aridez.
Una oración eficaz admite los estados emocionales, pero intenta balancearlos y darles su justa medida delante de la divinidad.

Una reflexión sobre la oración

Como hemos visto, los lugares y entornos pueden influir en el tono de la oración y en la disposición del orante. Se complementan y, entre todos, enriquecen la práctica de la oración.
Sin embargo, dijimos al principio que el lugar no es esencial. Necesitamos aprender a estar dispuestos a elevar nuestras plegarias allí donde las circunstancias nos lo exijan. Y estas circunstancias pueden indicarnos los sitios más inverosímiles o los menos —en apariencia— sagrados: oficina, medio de transporte, la calle o bajo la ducha.

Un ejemplo de disposición a orar en cualquier lugar lo dan los musulmanes. Como deben observar horarios de oración obligatoria, muchos llevan consigo una pequeña al fombra o esterilla. Cuando se hace la hora de la plegaria, allí donde estén les basta desplegar su alfombra o esterilla para contar con un lugar “separado”, un suelo consagrado donde prosternarse y orar.

Otras culturas no lo ven como necesario, pero el ejemplo nos transmite un mensaje esencial: todo lugar es apropiado si la disposición interior es buena.

Orar en comunidad

Más allá de los lugares especiales y del tono que éstos puedan imprimirle a la plegaria, también existen preferencias respecto del entorno en el que desarrollamos la oración.
Hay personas que prefieren la soledad. Son muchas las personas que apartan un horario para realizar sus oraciones, ya sea a la mañana temprano o al atardecer, y cuidan de no ser interrumpidas.
Pero el ambiente comunitario estimula la oración, la refuerza, crea una energía colectiva de la que es difícil desprenderse v, por lo general, la oración de uno despierta resonancias y asociaciones en los demás.

En comunidad la oración se enriquece y el vínculo humano no hace más que reforzarla, darle un marco de calidez, solidaridad v legitimación.
Así es como hay personas que prefieren la intimidad de una congregación pequeña, donde los miembros se conocen entre sí. se acompañan en el camino de la fe v se complementan en la práctica de la oración.

El grupo familiar también es un buen marco. La familia se une en torno de una presencia o proyecto que la trasciende y no queda tan encerrada en sí misma y en sus propios problemas.
Por otra parte, la oración dentro del grupo familiar es el momento de aprendizaje por excelencia, donde una generación le transmite a la siguiente los cornos y porqués de la plegaria.

Monasterio y ashram

Lugares que reciben especialmente a quienes desean dedicarse a la oración con mayor profundidad, y a la vida religiosa en forma permanente.
En ambos casos, la meditación, el estudio, la reflexión y la contemplación también forman parte de la vida de un monasterio o un ashram. En la tradición oriental, un maestro espiritual se encarga de impartir instrucciones, transmitir lecciones de sabiduría o guiar la meditación.
De todos modos, no es necesario dedicarse a la vida religiosa para acudir a un monasterio o un ashram. La mayoría acepta visitantes que permanecen por períodos cortos, desde unos pocos días a unos meses, y cuyo deseo es tener unos momentos de retiro y oración.

Una ventaja de estos espacios es que en ellos la vida cotidiana sigue reglas de convivencia y normas a las que el visitante debe someterse, lo cual refuerza aún más la sensación de estar fuera del mundo que uno vive todos los días. Como ejemplo podemos citar a los monasterios trapenses. En ellos, los monjes hacen voto de silencio. El visitante debe aceptar, por los días que allí permanezca, permanecer también él en silencio, salvo para recitar ciertas oraciones o cánticos —una vivencia muy distinta a la desatada por la verborragia cotidiana.
Las reglas de un ashram también suelen establecer momentos muy estrictos para la meditación en soledad, momentos para escuchar la instrucción del maestro, y espacios para la oración individual o comunitaria.

De esta manera, la oración no queda sujeta a los vaivenes del ánimo y el orante puede adquirir cierta disciplina para desarrollar su práctica.

La ermita

En medio del desierto o enclavada en la ciudad, la ermita es un espacio reducido, con las comodidades mínimas, para estar en soledad. Es un lugar de retiro, donde el orante busca estar a solas con su conciencia y con la divinidad, evitando toda distracción.

La ermita es un lugar extremo. El mundo queda atrás y allí no hay nada que hacer salvo orar.