La oración y el palabrerío

El palabrerío. ¿Cuántos parecen creer que por hablar mucho la divinidad los va a escuchar más y mejor?
El torrente de palabras, la imposibilidad de poner freno al impulso de hablar y hablar posee dos efectos negativos.
Los maestros espirituales tanto de Oriente como indoamericanos señalan que el hablar mucho es un derroche innecesario de nuestra ener
gía interior. Una energía que, afirman, es necesario concentrar para cosas más importantes.

De hecho, la fisiología nos indica lo mismo. En el acto de hablar movilizamos una gran cantidad de músculos faciales. Esto demanda energía muscular y, sobre todo, nerviosa. Quienes se desempeñan en una tarea que exige el habla —por ejemplo, la docencia— conocen la fatiga nerviosa que esto produce.
Por lo tanto, no por hablar mucho la oración será más eficaz. Una buena comunicación no demanda muchas palabras, sino claridad y sinceridad.
El otro efecto negativo es que el palabrerío excesivo suele ser utilizado para encubrir la realidad, ya sea la realidad de un vacío interior o de una situación dolorosa o angustiante que preferimos no mirar.

Divinidad, pedidos a Dios

Intentar que la divinidad sea cómplice de nuestro egoísmo es una extensión de lo anterior.
Intentamos convencer a Dios de que haga nuestra voluntad, de acuerdo con cómo se nos ocurre que debe ser. Es como si quisiéramos torcerle el brazo para que esté a nuestro servicio. Más aún, al servicio de cualquier ocurrencia.

En este caso invertimos la actitud correcta y nos acercamos al pensamiento mágico, a creer que podemos manipular a los dioses para que actúen en nuestro favor, cuando la actitud correcta es presentarse con humildad ante lo sagrado para escuchar cuál es su voluntad respecto de aquello que nos aqueja.
Pedir que Dios cambie a alguien es una actitud que —aunque parezca inverosímil— muchos asumen.

Al pedir que alguien cambie dejamos de lado el aspecto más importante: ¿qué cambios podemos operar en nosotros para transformar la relación?
Aquí debemos distinguir entre dos actitudes. Un motivo de oración frecuente es que la divinidad ilumine o abra la mente de los gobernantes o quienes tienen posiciones de responsabilidad en la sociedad. Esto es válido, porque estamos hablando de la función y no de la persona.

Otro motivo frecuente es pedir que la divinidad bendiga, ilumine o sane a alguien. Esto también es válido, porque estamos intercediendo por la otra persona.
El problema es cuando pedimos que alguien cambie para que se ajuste a nuestros deseos o expectativas. En este caso se nos cuela el egoísmo y desconocemos que cada ser humano es único y goza de libre albedrío.

Si el problema se plantea en una relación, sea del tipo que fuere, es más acertado orar para comprender qué podemos hacer nosotros para introducir un cambio, o cómo podemos ver el conflicto con otra luz para que se disuelva.
En este sentido, la eficacia de la oración se notará en las actitudes que produce en nosotros.

Irregularidad en la oración

La irregularidad nos impide familiarizarnos con la oración.
No se trata de ponerle trabas a la espontaneidad ni de menospreciarla. Hay momentos en que el alma pide orar y es necesario dejar que fluya.
Pero a veces recordamos que existe algo llamado oración solamente cuando tenemos una urgencia.
La oración, como muchas formas de comunicación, necesita ser cultivada. Necesita cierto grado de concentración e introspección. Así como para realizar determinadas actividades que demandan un esfuerzo muscular necesitamos entrenamiento, lo mismo ocurre con los hábitos mentales.
Muchas veces la irregularidad nos lleva a que, llegado el momento en que sentimos verdadera y profunda necesidad de oración, no sabemos qué hacer.
Una buena manera de lograr que nuestra oración sea fluida, no pierda foco y gane en concentración es proponernos la disciplina de dedicar un tiempo por día o por semana a la práctica exclusiva de la oración. De esa manera estaremos listos, mejor dispuestos y nos sentiremos más seguros cuando llegue el momento de la angustia, la urgencia o el gozo exultante.

Pensamientos erráticos en la oración

Los pensamientos erráticos constituyen una de las mayores fuentes de oraciones ineficaces.
Imaginemos una conversación en que nuestro interlocutor comienza a desarrollar un tema, pero antes de que nos demos cuenta ha saltado a otro y luego a otro. ¿Acaso no resulta difícil seguir el hilo?

Así actuamos nosotros. Comenzamos con un propósito en mente, pero luego los pensamientos se desbocan, parecen seguir su propio rumbo detrás de cualquier cosa, y nos vamos tras ellos.
Para la mente occidental, constantemente bombardeada por estímulos, mantenerla concentración es una tarea cada vez más difícil.

Para evitar las divagaciones de los pensamientos erráticos que nos alejan de la actitud de oración se pueden intentar distintas soluciones.
Una de ellas es disponerse a orar con un propósito firme en la mente. Aunque sea simplemente, el propósito de orar.
Cuando notamos que nos hemos dejado arrastrar por pensamientos que nos alejan de nuestro propósito, no los juzgamos ni nos sentimos culpables ni caemos en el desánimo. Simplemente observamos esos pensamientos, reconocemos que están allí, y retornamos a nuestro propósito inicial o al tema que tratábamos mientras ocurrió la interrupción.
Con el tiempo, notaremos que nuestra mente está más entrenada y que mantener la concentración resulta más fácil.
Una ayuda es mantener un orden lógico dentro de la oración, que bien pueden ser los distintos momentos o clases de oración que hemos estudiado.
Otra ayuda son las fórmulas y oraciones fijas, que cada tanto nos ayudan a retornar al propósito inicial genuino.
Una ayuda más es la lectura de un salmo u oración escrita, a la que podemos ir intercalándole nuestros propios motivos.

Los NO de la oración

Desde el punto de vista del diálogo con la divinidad y de los efectos que produce, la oración es eficaz.

Sin embargo, existen descuidos o actitudes que atentan contra esa eficacia.

A continuación repasaremos actitudes y hábitos que vuelven desaliñada la vida de oración y, por lo tanto, no ayudan a su energía. Servirá, de paso, para recordar las actitudes positivas que sí contribuyen.

En el momento de oración debemos procurar una ininterrumpida comunión con la divinidad.

Por lo tanto, es preciso buscar un espado y tiempo donde podamos dedicarnos exclusivamente a orar, sin intrusiones.
Las intrusiones no sólo provienen del exterior. También pueden provenir de nuestro interior en forma de pensamientos desbocados.
La oración involucra sentimientos y emociones, pero tratemos de evitar los extremos.

La emotividad extrema no tiene nada de malo en sí y poder expresar nuestras angustias, miedos y preocupaciones resulta saludable. Sin embargo, si sólo nos dejamos arrastrar por esas emociones, la oración podrá convertirse en un círculo vicioso que nubla la vista y no permite ver la salida.

El otro extremo, la total aridez emocional, tampoco favorece la práctica de la oración. Sin sentimientos no hay comunión. Los sentimientos forman parte de nuestra vida y ocluirlos totalmente quita carácter genuino a la plegaria.

Ningún extremo es positivo, porque en uno perdemos perspectiva y en el otro perdemos autenticidad. Ni el énfasis exagerado en los sentimientos ni la aridez.
Una oración eficaz admite los estados emocionales, pero intenta balancearlos y darles su justa medida delante de la divinidad.

Una reflexión sobre la oración

Como hemos visto, los lugares y entornos pueden influir en el tono de la oración y en la disposición del orante. Se complementan y, entre todos, enriquecen la práctica de la oración.
Sin embargo, dijimos al principio que el lugar no es esencial. Necesitamos aprender a estar dispuestos a elevar nuestras plegarias allí donde las circunstancias nos lo exijan. Y estas circunstancias pueden indicarnos los sitios más inverosímiles o los menos —en apariencia— sagrados: oficina, medio de transporte, la calle o bajo la ducha.

Un ejemplo de disposición a orar en cualquier lugar lo dan los musulmanes. Como deben observar horarios de oración obligatoria, muchos llevan consigo una pequeña al fombra o esterilla. Cuando se hace la hora de la plegaria, allí donde estén les basta desplegar su alfombra o esterilla para contar con un lugar “separado”, un suelo consagrado donde prosternarse y orar.

Otras culturas no lo ven como necesario, pero el ejemplo nos transmite un mensaje esencial: todo lugar es apropiado si la disposición interior es buena.

Orar en comunidad

Más allá de los lugares especiales y del tono que éstos puedan imprimirle a la plegaria, también existen preferencias respecto del entorno en el que desarrollamos la oración.
Hay personas que prefieren la soledad. Son muchas las personas que apartan un horario para realizar sus oraciones, ya sea a la mañana temprano o al atardecer, y cuidan de no ser interrumpidas.
Pero el ambiente comunitario estimula la oración, la refuerza, crea una energía colectiva de la que es difícil desprenderse v, por lo general, la oración de uno despierta resonancias y asociaciones en los demás.

En comunidad la oración se enriquece y el vínculo humano no hace más que reforzarla, darle un marco de calidez, solidaridad v legitimación.
Así es como hay personas que prefieren la intimidad de una congregación pequeña, donde los miembros se conocen entre sí. se acompañan en el camino de la fe v se complementan en la práctica de la oración.

El grupo familiar también es un buen marco. La familia se une en torno de una presencia o proyecto que la trasciende y no queda tan encerrada en sí misma y en sus propios problemas.
Por otra parte, la oración dentro del grupo familiar es el momento de aprendizaje por excelencia, donde una generación le transmite a la siguiente los cornos y porqués de la plegaria.

Monasterio y ashram

Lugares que reciben especialmente a quienes desean dedicarse a la oración con mayor profundidad, y a la vida religiosa en forma permanente.
En ambos casos, la meditación, el estudio, la reflexión y la contemplación también forman parte de la vida de un monasterio o un ashram. En la tradición oriental, un maestro espiritual se encarga de impartir instrucciones, transmitir lecciones de sabiduría o guiar la meditación.
De todos modos, no es necesario dedicarse a la vida religiosa para acudir a un monasterio o un ashram. La mayoría acepta visitantes que permanecen por períodos cortos, desde unos pocos días a unos meses, y cuyo deseo es tener unos momentos de retiro y oración.

Una ventaja de estos espacios es que en ellos la vida cotidiana sigue reglas de convivencia y normas a las que el visitante debe someterse, lo cual refuerza aún más la sensación de estar fuera del mundo que uno vive todos los días. Como ejemplo podemos citar a los monasterios trapenses. En ellos, los monjes hacen voto de silencio. El visitante debe aceptar, por los días que allí permanezca, permanecer también él en silencio, salvo para recitar ciertas oraciones o cánticos —una vivencia muy distinta a la desatada por la verborragia cotidiana.
Las reglas de un ashram también suelen establecer momentos muy estrictos para la meditación en soledad, momentos para escuchar la instrucción del maestro, y espacios para la oración individual o comunitaria.

De esta manera, la oración no queda sujeta a los vaivenes del ánimo y el orante puede adquirir cierta disciplina para desarrollar su práctica.

La ermita

En medio del desierto o enclavada en la ciudad, la ermita es un espacio reducido, con las comodidades mínimas, para estar en soledad. Es un lugar de retiro, donde el orante busca estar a solas con su conciencia y con la divinidad, evitando toda distracción.

La ermita es un lugar extremo. El mundo queda atrás y allí no hay nada que hacer salvo orar.

Sitios construidos Templos, mezquitas y santuarios

Grandes o pequeños, sencillos o suntuosos, son lugares por excelencia para hacer una pausa durante el día o la semana y concurrir a solas o en conjunto.
Obra humana y, en la mayoría de los casos, ubicados en medio de la geografía humana, los templos y mezquitas son espacios “consagrados”; es decir, se los percibe como separados del entorno circundante y dedicados especialmente a la oración y adoración. Ingresar a un templo ya produce de por sí una sensación de respeto y recogimiento.

Los santuarios pueden estar construidos en torno de un lugar natural donde ha sucedido una manifestación de lo sagrado, o simplemente en medio de la geografía urbana. A diferencia de los templos, los santuarios están dedicados a una manifestación especial y particular de lo divino. Esto no excluye la visión más general, pero el santuario convoca a llevar a cabo ritos, peregrinaciones, celebraciones y oraciones con un enfoque más preciso en una figura de carácter sagrado.

Orar en el mar

Tal vez sería mejor decir la playa o la orilla del mar, es decir, la contemplación del océano desde tierra.
El mar simboliza las fuerzas profundas y desconocidas del alma, el misterio. En la orilla podemos ver la fuerza primordial, una poderosa energía cruda que no se detiene. Pero también podemos ver la calma benigna y refrescante.
Algunos psicólogos han asociado al mar con el inconsciente colectivo, una masa indiferenciada en perpetuo movimiento cuya profundidad sólo podemos imaginar.
El mar, también, es la fuente primigenia de la vida y en algún rincón de nuestra memoria celular estamos vinculados a él. Y de algún modo, sabemos también que el mar ha sido vehículo de comunicación.
A la hora de la oración, el mar transmite un tono de calma frente al misterio, la humildad de estar seguros de cara a la profundidad y el movimiento constante, la visión de un horizonte lejano hacia donde nos queremos dirigir.