Sitios construidos Templos, mezquitas y santuarios

Grandes o pequeños, sencillos o suntuosos, son lugares por excelencia para hacer una pausa durante el día o la semana y concurrir a solas o en conjunto.
Obra humana y, en la mayoría de los casos, ubicados en medio de la geografía humana, los templos y mezquitas son espacios “consagrados”; es decir, se los percibe como separados del entorno circundante y dedicados especialmente a la oración y adoración. Ingresar a un templo ya produce de por sí una sensación de respeto y recogimiento.

Los santuarios pueden estar construidos en torno de un lugar natural donde ha sucedido una manifestación de lo sagrado, o simplemente en medio de la geografía urbana. A diferencia de los templos, los santuarios están dedicados a una manifestación especial y particular de lo divino. Esto no excluye la visión más general, pero el santuario convoca a llevar a cabo ritos, peregrinaciones, celebraciones y oraciones con un enfoque más preciso en una figura de carácter sagrado.

Orar en el mar

Tal vez sería mejor decir la playa o la orilla del mar, es decir, la contemplación del océano desde tierra.
El mar simboliza las fuerzas profundas y desconocidas del alma, el misterio. En la orilla podemos ver la fuerza primordial, una poderosa energía cruda que no se detiene. Pero también podemos ver la calma benigna y refrescante.
Algunos psicólogos han asociado al mar con el inconsciente colectivo, una masa indiferenciada en perpetuo movimiento cuya profundidad sólo podemos imaginar.
El mar, también, es la fuente primigenia de la vida y en algún rincón de nuestra memoria celular estamos vinculados a él. Y de algún modo, sabemos también que el mar ha sido vehículo de comunicación.
A la hora de la oración, el mar transmite un tono de calma frente al misterio, la humildad de estar seguros de cara a la profundidad y el movimiento constante, la visión de un horizonte lejano hacia donde nos queremos dirigir.

Orar en el desierto

Un lugar clásico de retiro y oración en la antigüedad, el desierto pareciera ser lo contrario del bosque, pero sólo en algunos aspectos.
El desierto se asocia con el retiro de todo lugar habitado, lejos de todo vestigio de civilización. Implica una salida, apartarse del mundo cotidiano pero de manera sacrificada, para ex
ponerse a la intemperie, allí donde todos los fenómenos naturales son más intensos y violentos, desde los vientos y las tormentas hasta el brillo de las estrellas por la noche.
Quien se retira al desierto elige rodearse de un paisaje árido y monótono. No existe la diversidad exuberante del bosque ni el desafío de la montaña, por lo que supone una renuncia a toda distracción exterior para concentrarse en el propio paisaje interior. Esta concentración puede ser dura y sufrida, pero la misma naturaleza del desierto encarna su recompensa.
Quien se ha internado en el desierto sabe que la monotonía es sólo aparente. El desierto también bulle de vida y movimiento, sólo que no está a simple vista. Es como si existiesen brechas o nichos donde se produce una notable y inusual interacción entre plantas, insectos y animales.
Como analogía espiritual, el desierto supone retiro y negación sacrificada del mundo, pero también tesón y estoicismo para ir más allá de lo aparente y descubrir lo que la mirada superficial no revela. Da a la oración un tono de verdadera “sed” de agua de vida, renuncia, purificación y concentración interior para hallarla.

Oraciones en la montaña

La elevación del terreno simboliza también la elevación de la conciencia y el espíritu. Por lo general, en la montaña la naturaleza no se brinda accesible y generosa. Por el contrario, se presenta como un desafío cuya conquista demanda esfuerzo y constancia. De allí la analogía con el crecimiento espiritual, que en muchos tramos requiere perseverancia y disciplina interior.
Sin embargo, la recompensa llega cuando podemos mirar abajo desde un sitio elevado y tener una perspectiva más amplia y abarcadora del mundo, sus formas y movimientos. En esto se expresa, nuevamente, la analogía con el mundo espiritual.
Además, aunque carezca de fundamento racional, en algún rincón de nuestro inconsciente colectivo aún percibimos que la montaña está “más cerca” del cielo.
La oración en la montaña, entonces, se tiñe con un tono de intencionalidad, disciplina, movimiento desde el plano “inferior” hacia un plano “superior”, retiro del mundo ordinario, elevación y proximidad con el orden eterno.

Bosque

Desde muy antiguo, los bosques también fueron elegidos como lugares aptos para el retiro y la oración. Al hablar de bosques, incluimos a las selvas.
En este caso, la naturaleza se manifiesta de manera más generosa, abundante, variada y exuberante. Está allí, visible sobre la faz de la tierra, al alcance de la mano. De allí que muchas celebraciones de los ciclos naturales tuviesen lugar en los bosques.
No estamos en un plano elevado por encima del mundo de los fenómenos. Por el contrario, estamos inmersos en él, como parte de esa naturaleza y diversidad.
Por otra parte, el bosque guarda un aire de misterio. Por mucho tiempo, y aún hoy, ha sido refugio y hogar de multitud de especies, algunas de ellas peligrosas para el ser humano. Para estas especies, es su hábitat, conocen sus secretos, mientras que el ser humano que se retira en el bosque no los conoce, es decir, se interna en territorio desconocido, donde la espesura no permite ver a mucha distancia y donde pueden acechar peligros, reales o imaginarios.
En el momento de la oración, entonces, el bosque mueve a la gratitud y la celebración de la generosidad de la vida, pero también conduce a la humildad mediante el reconocimiento del lugar pequeño que ocupamos en el ciclo de la creación, de nuestra fragilidad, de cuánto hay que no llegamos a ver ni oír. Como analogía, la espiritualidad es también un territorio desconocido en el cual nos sumergimos pidiendo la protección y guía de la sabiduría divina.

Bendición y otros momentos de la oración

Bendición

Puede existir como un momento de la oración o puede tener identidad propia.
La bendición adopta muchas formas y fórmulas. Por lo general, la manera más sencilla de comprenderla es cuando aquel que dirige un momento de oración, pide a la divinidad que ilumine y permanezca con todos.

En el plano individual, la bendición puede estar dirigida a la misma divinidad o puede ser un pedido final, que prepara al orante para el momento del cierre de la oración y la salida a encarar nuevamente sus actividades ordinarias.

En este último caso, así como en el momento de la invocación se pide o se toma conciencia de la presencia de lo sagrado mediante un ruego o una declaración, en el momento de la bendición se pretende tomar conciencia de que lo sagrado continúa su presencia mediante un pedido, una afirmación o una expresión de deseo.
Es un momento de transición, una salida del estado de conciencia que produce la oración al estado de conciencia corriente, pero durante esta transición tratamos de que esa presencia de lo sagrado y ese estado espiritual producido por la oración permanezca con nosotros.

Otros momentos

Las clases o momentos de la oración que hemos repasado cubren casi todo el espectro del diálogo con la divinidad.
Sin embargo, hay otras clases de oración, en su mayoría fórmulas fijas, que cumplen funciones especiales. Las repasaremos en otra sección.

Petición por otros: La intercesión

La intercesión es la petición por otros. En el momento de súplica, el orante pone en manos de la divinidad sus motivos personales o aquellos que lo afectan de manera directa, pero como individuo y una visión centrada en él o ella.

Esto no significa egoísmo o egocentrismo. Por el contrario, el solo hecho de volcar sus angustias, preocupaciones y necesidades ante una figura divina ya significa una salida de sí mismo.
La intercesión tiene un sentido comunitario o de solidaridad humana. Pedimos por otras personas, por sus necesidades y deseos, aunque éstos no nos afecten de manera directa, a veces ni siquiera indirecta. Lo hacemos porque formamos parte de la gran familia humana.

Durante la intercesión también se llevan delante de la divinidad los sucesos mundiales.

El efecto que tiene sobre nosotros el momento de intercesión es el de ampliar nuestra conciencia acerca del contexto en que vivimos. La angustia individual tiene lugar dentro de un marco comunitario o social, y con frecuencia traer ese marco a la conciencia nos ayuda a darle una nueva perspectiva a nuestra preocupación.

Por otra parte, todas las tradiciones espirituales enseñan que la preocupación por el prójimo y su bienestar cualquiera sea la forma en que éste es entendido forma parte del crecimiento espiritual.

Qué es la súplica

La petición o súplica es la primera imagen que nos viene a la mente cuando pensamos en “oración”.

Dedicaremos todo un capítulo a este momento de la oración. Por ahora la mencionaremos como un impulso natural y ancestral.

Desde la angustia o la necesidad profunda, el deseo o el reconocimiento de una urgencia, o simplemente la voluntad de crecer y mejorar, la súplica brota del corazón. A veces como un torrente, otras a borbotones, o también con la serenidad de una mañana soleada.

La petición o súplica tiene como tema un deseo o necesidad enfocada en el individuo que ora. Puede estar referida a otra persona o a una comunidad, pero siempre desde la perspectiva del orante, desde el alivio que a él o ella le pueda producir.

En cuanto a aquello que se le pide a la divinidad, todo puede ser, depende de las tradiciones o creencias. Un ejemplo extremo: hay quienes le piden un triunfo en la guerra, mientras que para otros la guerra en sí es una aberración.
La súplica es el corazón de la oración popular y el centro del diálogo con Dios de las personas sencillas que enfrentan con valentía y fe los avatares de la vida.

Confesión, arrepentimiento, reparación

Uno de los más grandes estudiosos del fenómeno religioso definió a lo sagrado como “misterio tremendo y fascinante”. Es decir, el encuentro del ser humano con lo sagrado provoca atracción y asombro, pero al mismo tiempo respeto y temor reverencial.

La alabanza y la gratitud se corresponden con el aspecto fascinante de la relación con la divinidad. Lo que sigue, con el aspecto tremendo.

Tras la invocación, la alabanza y la acción de gracias, ante la grandeza de la divinidad o del misterio, el ser humano posee una tendencia natural a sentirse confuso, pequeño o en falta, según los casos. Es natural que frente a lo que se considera santo, por contraste resalte aquello que no es santo.

El Islam, por ejemplo, prescribe una secuencia de abluciones antes de la oración, para que el fiel se presente limpio ante lo divino. En el judaismo tradicional, existe una sola oración que puede ser pronunciada polla mañana antes de higienizarse. Algunas religiones indoamericanas contemplan acciones de “limpieza” simbólica del cuerpo y alma antes y durante la oración. Las religiones orientales no exigen una limpieza física, pero hablan de la necesidad de purificación antes de lograr la unión con lo divino.

En el mismo sentido, el cristianismo considera que las faltas o pecados separan de Dios, actúan como obstáculos para el diálogo eficaz con el Creador.

Es por todo esto que una oración eficaz contempla un momento de confesión, arrepentimiento y reparación. En él, el orante reconoce sus imperfecciones y les pone nombre. Es decir, no basta con la sensación general de falta, sino que se tiene al menos la intención de reconocer cuáles son.

El reconocimiento lleva a ponerlas delante de la divinidad y confiar en su comprensión o pedir su perdón. Esta es la confesión.

El arrepentimiento significa tomar conciencia de la necesidad de un cambio de rumbo, proponérselo e intentarlo.

La reparación significa el deseo de superar aquello que es vivido como falta y al mismo tiempo la seguridad de que la divinidad perdona o devuelve la integridad del ser humano. De esta manera, el diálogo con lo sagrado queda reparado y restablecido.

Reflexiones sobre Acción de Gracias

La alabanza conduce nuevamente dentro de una secuencia lógica a la gratitud.
La gratitud es una actitud positiva que nutre el alma y la buena disposición interior. Casi todas las tradiciones espirituales del mundo insisten en que la salud espiritual y buena parte de la salud física y emocional de una persona se ve fortalecida cuando encaramos cualquier actividad o apreciamos cualquier hecho con una actitud de agradecimiento.

En el caso de la oración, muchas son las cosas por las cuales podemos agradecer a la divinidad, desde hechos que damos por sentado, como que el sol salga todas las mañanas o que al abrir el grifo contemos con agua potable, hasta encuentros, aprendizajes y logros de la vida.

Como ejemplo de la manera en que la gratitud afecta nuestro punto de vista y disposición interior, podemos citar a algunas tradiciones protestantes en las que, cuando alguien fallece, en vez de llevarse a cabo un ritual fúnebre, se realiza un servicio de acción de gracias por la vida de quien ha partido.

Más aún que la alabanza, la acción de gracias tiene el efecto de brindarnos una perspectiva más amplia y una base segura desde la cual expresar la súplica. Si la alabanza tiene un carácter general, podemos decir que la acción de gracias siempre es más personal. El orante agradece a la divinidad por lo que él o ella percibe como dones que le han sido otorgados para disfrutar.

En definitiva, la gratitud abre el corazón, y al abrirlo, despeja también nuestra disposición a recibir.

Qué es la alabanza

Alabanza

Si siguiésemos un orden lógico, ésta sería la primera reacción ante la presencia de lo sagrado.

Como por reflejo, la alabanza expresa esa primera reacción de reconocimiento ante la grandeza y el poder de la figura divina. Los estudiosos de las religiones sostienen que pone de manifiesto el asombro y la fascinación por Aquello que posee una calidad totalmente distinta.

Los Salmos de la Biblia contienen numerosos ejemplos de cánticos de alabanza en los que el salmista expresa su asombro ante la obra de Dios en la naturaleza o ensalza la acción de Dios con su pueblo. La oración musulmana, tanto la ritual como la personal, comienza con el reconocimiento de la grandeza de Allah.

Por contraste, la alabanza supone humildad, pues el reconocimiento de la grandeza conlleva el reconocimiento de nuestra peque ñez frente a la trascendencia de la Divinidad y las maravillas de su obra en la creación, la historia y la vida de todos los días.

En los momentos de angustia y necesidad solemos olvidar la alabanza. Pero también solemos olvidarla en los momentos de bienestar. Dedicar un momento a la alabanza tiene efecto positivo. En momentos de angustia nos trae a la memoria las obras de Dios, la armonía del universo y las maravillas de la naturaleza. En consecuencia, la alabanza nos abre el horizonte, pone las cosas dentro de una perspectiva más amplia y, por consiguiente, nos brinda una mayor seguridad para confiarle nuestro pesar a la divinidad.
Por otra parte, en los momentos de bienestar, cuando el alma parece estar despejada de tribulación, la alabanza fortalece el espíritu.