Oración para agradecer y dar las gracias a Dios

Hoy oramos con una oración a Dios que es muy bonita. Una oración diaria, práctica y amena para entablar contacto con nuestro señor. Dar gracias es una de las acciones más nobles que un ser humano puede realizar frente a Dios. Nuestro Dios todopoderoso todo lo puede y todo lo sabe. Él sabe muy bien que tú pides, y pides, pero nunca haces nada por Él ni por tus pares. Él sabe que lo único que tú quieres es obtener un beneficio personal.

Por eso, ante todo, lo primero que debemos pensar es en cómo estamos de cara a Dios. Pensemos: ¿Cómo tratamos a Dios?. Somos justos con Él como Él lo es con nosotros. ¿O simplemente queremos que nos cumpla un “deseo”, por así decirlo?.

Todas estas preguntas son claves. Si la respuesta a estas preguntas no es la correcta, nuestro diálogo con Dios no será satisfactorio.

Esta oracion de agradecimiento a dios sirve para todos los días. Para que le des gracias a Dios por todo. Por lo que somos, por lo que recibimos, por los amigos y amigas que tenemos, por nuestra familia que tanto queremos. Por toda la gente que nos rodea, los que estaban con nosotros y las nuevas amistades que haremos.

Son esas amistades que Dios nos da las que hacen que nuestra vida cobre un sentido superior. La alegría que nos transmiten es lo que nos hace sonreír.

Pero también le damos gracias a Dios por la tristeza, la necesidad que nos surge, y el dolor. Todo esto nos hace crecer como seres humanos, nos hace darnos cuenta de que la vida también es dolor y también es sufrimiento, porque es lo que nos da pie a la superación, la cual no es siempre posible sin contar con la ayuda de Dios. Y es Él quien más nos apoya cuando estamos solos, cuando estamos mal, cuando no podemos salir del círculo vicioso del pensamiento que generamos en nuestra propia cabeza.

Los Sí de la oración

En todo tiempo y lugar

La oración es una parte muy importante de la vida de personas religiosas en todo el mundo. Sin embargo, sería un error pensar que es exclusiva. La oración necesita ser parte de la vida cotidiana de las personas comunes. Y para practicarla, es posible hacerlo en lugares no tradicionales, fuera de los templos o la familia.

Sentirse libre

En el momento de la oración ninguna otra cosa es más importante. Por lo tanto, podemos sentirnos libres de otros condiciona
mientos. Libres para dar una respuesta emocional al llamado de la divinidad, sin imposiciones ni presiones. Libres para dejarnos guiar sólo por la fe, la devoción y los propósitos que nos mueven a orar.

Escuchar

Es importante aprender a hablarle a la divinidad en oración. También es importante soltarnos para que la expresión sea libre. Pero mucho más importante aún es aprender a escuchar. El silencio en la oración es una herramienta de eficacia.

Reflexionamos sobre la autocompasión

La autocompasión es el extremo contrario, tan vano como el anterior.

Regodearse en los propios problemas, en qué mal estamos, qué impotentes e insuficientes somos, no deja de ser una forma más de darse importancia.
Bajo el disfraz de la humildad y la conmiseración, puede esconderse una negativa a cambiar la situación presente o simplemente el rechazo a recibir bienes mejores.
La autocompasión indisciplinada socava la autoestima y, por consiguiente, inhibe la voluntad.

Las oraciones, entonces, resultan desinfladas, forzadas, con poca convicción o entrega.

La actitud del cuerpo y el esquema de la oración

El gran esquema de las cosas necesita acomodarse.

En concordancia con el punto anterior, necesitamos cultivar la paciencia y una visión amplia. Muchas veces el árbol no nos deja ver el bosque, por lo que al presentar un motivo de oración no tenemos presente el gran esquema de las cosas.
Antes de perder la paciencia o desencantarnos, necesitamos comprender que para hacer lugar a nuestro motivo de oración, muchas cosas concomitantes necesitan acomodarse. Nada sucede aislado ni cae del cielo, y aun si lo hiciera, lo haría dentro de un contexto y afectaría otras cosas cercanas y no tan cercanas.
Tal vez nuestra oración es oída, pero aún no ha llegado su tiempo de cumplimiento, pues para que esto suceda debe encontrar su lugar en el gran esquema de las cosas. Forzarlo sería contraproducente.

En consecuencia, una oración eficaz trata de mantener una visión amplia del contexto que la rodea y se adapta a los tiempos que la vida, en su sentido más elevado, le propone.
La actitud del cuerpo no carece de importancia.
A esto dedicamos toda una sección. Sin embargo, vale reforzar la noción de que la persona es una unidad de cuerpo, mente y alma.
Si la oración ha de ser honesta y eficaz, no podemos prescindir de expresar nuestros sentimientos. Tampoco de la concentración mental. Y así como no podemos prescindir de estas dos cosas, tampoco de prestar atención al cuerpo.

No podemos esperar siempre el momento de adoptar una postura relajada. La oración no siempre equivale a hermosos pensamientos y palabras floridas en posturas confortables. A veces nos retuerce, nos hace caer de rodillas o nos arroja al suelo
Si pretendemos una oración eficaz, debemos estar dispuestos a valernos de distintas posiciones de acuerdo con las circunstancias. O a no temer aquello a lo cual la entrega a la oración nos pueda llevar.

Irregularidad en la oración

La irregularidad nos impide familiarizarnos con la oración.
No se trata de ponerle trabas a la espontaneidad ni de menospreciarla. Hay momentos en que el alma pide orar y es necesario dejar que fluya.
Pero a veces recordamos que existe algo llamado oración solamente cuando tenemos una urgencia.
La oración, como muchas formas de comunicación, necesita ser cultivada. Necesita cierto grado de concentración e introspección. Así como para realizar determinadas actividades que demandan un esfuerzo muscular necesitamos entrenamiento, lo mismo ocurre con los hábitos mentales.
Muchas veces la irregularidad nos lleva a que, llegado el momento en que sentimos verdadera y profunda necesidad de oración, no sabemos qué hacer.
Una buena manera de lograr que nuestra oración sea fluida, no pierda foco y gane en concentración es proponernos la disciplina de dedicar un tiempo por día o por semana a la práctica exclusiva de la oración. De esa manera estaremos listos, mejor dispuestos y nos sentiremos más seguros cuando llegue el momento de la angustia, la urgencia o el gozo exultante.

Los NO de la oración

Desde el punto de vista del diálogo con la divinidad y de los efectos que produce, la oración es eficaz.

Sin embargo, existen descuidos o actitudes que atentan contra esa eficacia.

A continuación repasaremos actitudes y hábitos que vuelven desaliñada la vida de oración y, por lo tanto, no ayudan a su energía. Servirá, de paso, para recordar las actitudes positivas que sí contribuyen.

En el momento de oración debemos procurar una ininterrumpida comunión con la divinidad.

Por lo tanto, es preciso buscar un espado y tiempo donde podamos dedicarnos exclusivamente a orar, sin intrusiones.
Las intrusiones no sólo provienen del exterior. También pueden provenir de nuestro interior en forma de pensamientos desbocados.
La oración involucra sentimientos y emociones, pero tratemos de evitar los extremos.

La emotividad extrema no tiene nada de malo en sí y poder expresar nuestras angustias, miedos y preocupaciones resulta saludable. Sin embargo, si sólo nos dejamos arrastrar por esas emociones, la oración podrá convertirse en un círculo vicioso que nubla la vista y no permite ver la salida.

El otro extremo, la total aridez emocional, tampoco favorece la práctica de la oración. Sin sentimientos no hay comunión. Los sentimientos forman parte de nuestra vida y ocluirlos totalmente quita carácter genuino a la plegaria.

Ningún extremo es positivo, porque en uno perdemos perspectiva y en el otro perdemos autenticidad. Ni el énfasis exagerado en los sentimientos ni la aridez.
Una oración eficaz admite los estados emocionales, pero intenta balancearlos y darles su justa medida delante de la divinidad.

Orar en comunidad

Más allá de los lugares especiales y del tono que éstos puedan imprimirle a la plegaria, también existen preferencias respecto del entorno en el que desarrollamos la oración.
Hay personas que prefieren la soledad. Son muchas las personas que apartan un horario para realizar sus oraciones, ya sea a la mañana temprano o al atardecer, y cuidan de no ser interrumpidas.
Pero el ambiente comunitario estimula la oración, la refuerza, crea una energía colectiva de la que es difícil desprenderse v, por lo general, la oración de uno despierta resonancias y asociaciones en los demás.

En comunidad la oración se enriquece y el vínculo humano no hace más que reforzarla, darle un marco de calidez, solidaridad v legitimación.
Así es como hay personas que prefieren la intimidad de una congregación pequeña, donde los miembros se conocen entre sí. se acompañan en el camino de la fe v se complementan en la práctica de la oración.

El grupo familiar también es un buen marco. La familia se une en torno de una presencia o proyecto que la trasciende y no queda tan encerrada en sí misma y en sus propios problemas.
Por otra parte, la oración dentro del grupo familiar es el momento de aprendizaje por excelencia, donde una generación le transmite a la siguiente los cornos y porqués de la plegaria.

Orar en el mar

Tal vez sería mejor decir la playa o la orilla del mar, es decir, la contemplación del océano desde tierra.
El mar simboliza las fuerzas profundas y desconocidas del alma, el misterio. En la orilla podemos ver la fuerza primordial, una poderosa energía cruda que no se detiene. Pero también podemos ver la calma benigna y refrescante.
Algunos psicólogos han asociado al mar con el inconsciente colectivo, una masa indiferenciada en perpetuo movimiento cuya profundidad sólo podemos imaginar.
El mar, también, es la fuente primigenia de la vida y en algún rincón de nuestra memoria celular estamos vinculados a él. Y de algún modo, sabemos también que el mar ha sido vehículo de comunicación.
A la hora de la oración, el mar transmite un tono de calma frente al misterio, la humildad de estar seguros de cara a la profundidad y el movimiento constante, la visión de un horizonte lejano hacia donde nos queremos dirigir.

Orar en el desierto

Un lugar clásico de retiro y oración en la antigüedad, el desierto pareciera ser lo contrario del bosque, pero sólo en algunos aspectos.
El desierto se asocia con el retiro de todo lugar habitado, lejos de todo vestigio de civilización. Implica una salida, apartarse del mundo cotidiano pero de manera sacrificada, para ex
ponerse a la intemperie, allí donde todos los fenómenos naturales son más intensos y violentos, desde los vientos y las tormentas hasta el brillo de las estrellas por la noche.
Quien se retira al desierto elige rodearse de un paisaje árido y monótono. No existe la diversidad exuberante del bosque ni el desafío de la montaña, por lo que supone una renuncia a toda distracción exterior para concentrarse en el propio paisaje interior. Esta concentración puede ser dura y sufrida, pero la misma naturaleza del desierto encarna su recompensa.
Quien se ha internado en el desierto sabe que la monotonía es sólo aparente. El desierto también bulle de vida y movimiento, sólo que no está a simple vista. Es como si existiesen brechas o nichos donde se produce una notable y inusual interacción entre plantas, insectos y animales.
Como analogía espiritual, el desierto supone retiro y negación sacrificada del mundo, pero también tesón y estoicismo para ir más allá de lo aparente y descubrir lo que la mirada superficial no revela. Da a la oración un tono de verdadera “sed” de agua de vida, renuncia, purificación y concentración interior para hallarla.

Oraciones en la montaña

La elevación del terreno simboliza también la elevación de la conciencia y el espíritu. Por lo general, en la montaña la naturaleza no se brinda accesible y generosa. Por el contrario, se presenta como un desafío cuya conquista demanda esfuerzo y constancia. De allí la analogía con el crecimiento espiritual, que en muchos tramos requiere perseverancia y disciplina interior.
Sin embargo, la recompensa llega cuando podemos mirar abajo desde un sitio elevado y tener una perspectiva más amplia y abarcadora del mundo, sus formas y movimientos. En esto se expresa, nuevamente, la analogía con el mundo espiritual.
Además, aunque carezca de fundamento racional, en algún rincón de nuestro inconsciente colectivo aún percibimos que la montaña está “más cerca” del cielo.
La oración en la montaña, entonces, se tiñe con un tono de intencionalidad, disciplina, movimiento desde el plano “inferior” hacia un plano “superior”, retiro del mundo ordinario, elevación y proximidad con el orden eterno.

Bosque

Desde muy antiguo, los bosques también fueron elegidos como lugares aptos para el retiro y la oración. Al hablar de bosques, incluimos a las selvas.
En este caso, la naturaleza se manifiesta de manera más generosa, abundante, variada y exuberante. Está allí, visible sobre la faz de la tierra, al alcance de la mano. De allí que muchas celebraciones de los ciclos naturales tuviesen lugar en los bosques.
No estamos en un plano elevado por encima del mundo de los fenómenos. Por el contrario, estamos inmersos en él, como parte de esa naturaleza y diversidad.
Por otra parte, el bosque guarda un aire de misterio. Por mucho tiempo, y aún hoy, ha sido refugio y hogar de multitud de especies, algunas de ellas peligrosas para el ser humano. Para estas especies, es su hábitat, conocen sus secretos, mientras que el ser humano que se retira en el bosque no los conoce, es decir, se interna en territorio desconocido, donde la espesura no permite ver a mucha distancia y donde pueden acechar peligros, reales o imaginarios.
En el momento de la oración, entonces, el bosque mueve a la gratitud y la celebración de la generosidad de la vida, pero también conduce a la humildad mediante el reconocimiento del lugar pequeño que ocupamos en el ciclo de la creación, de nuestra fragilidad, de cuánto hay que no llegamos a ver ni oír. Como analogía, la espiritualidad es también un territorio desconocido en el cual nos sumergimos pidiendo la protección y guía de la sabiduría divina.