Un gran riesgo: la falta de discernimiento

La falta de discernimiento es el riesgo mayor.
Si dedicamos unos minutos a observar qué ocurre en el interior de nuestra mente, veremos que ésta mantiene un diálogo interior
perpetuo. Se alzan distintas voces, con mensajes contradictorios, y algunas parecen hacerlo con convicción.

¿Cómo podemos discernir entre la voz profunda de un anhelo genuino y la voz convincente de un deseo nacido del egoísmo, los celos o el temor?
La capacidad de discernimiento es algo que se adquiere con la práctica de la oración.

No hay que engañarse a uno mismo

El engaño de sí mismo es una de las formas más frecuentes de deslucir la propia oración.
El engaño se produce en aquellos momentos en que estamos convencidos de que nos entregamos, de que la oración es auténtica, de que estamos yendo por el buen camino, pero permanecemos ciegos ante nuestro propio egocentrismo, mal genio, envidia, celos u orgullo.

En más de una ocasión podemos sentir el deseo ferviente de orar. Sin embargo, un examen de conciencia nos llevaría a la conclusión de que nuestras motivaciones surgen de la envidia o el egoísmo.
Estamos tan centrados en nosotros mismos y nuestros deseos más inmediatos, que no tomamos conciencia del entorno, de los demás y de que a veces algo que parece un anhelo es sólo un capricho.
Una oración arraigada en el egocentrismo o en sentimientos negativos difícilmente pueda ser atendida.

La oracíón y la verborragia

La verborragia ahoga la voz de la divinidad

La verborragia no es sinónimo de elocuencia ni de buena comunicación.
La oración es un diálogo o una comunión con la divinidad, y todo diálogo supone la interacción de dos partes. Si hablamos sin parar, no damos espacio a nuestro interlocutor.
¿Acaso tenemos miedo de lo que Dios pueda decirnos? ¿De dónde surge la compulsión a hablar? ¿De una necesidad de autoafir mación delante de lo sagrado?
Un viejo proverbio dice que el creador nos dio una boca y dos orejas, para que aprendamos a escuchar el doble de lo que hablamos.

En consecuencia, durante la oración es necesario aprender a familiarizarnos con el silencio, de manera tal que podamos dedicar tiempo a escuchar.
En el momento de la plegaria existen preguntas cruciales. Una de ellas, la primera que nos viene a la mente y que es fuente constante de preocupación es: ¿Qué le digo a la divinidad y cómo?
Sin embargo, no menos importante y crucial resulta la pregunta: ¿Qué me está diciendo Dios?
Si nos entregamos a la verborragia, no es cucharemos aquello que lo sagrado tenga para decirnos.

Por lo tanto, para que la oración sea eficaz y tenga sentido es necesario aprender a alternar ei habla con el silencio.
Una buena práctica consiste en retrotraer la mente a intervalos regulares, detener toda acción y palabra de nuestra parte, y preguntarnos ;qué me está diciendo Dios?

La oración y el palabrerío

El palabrerío. ¿Cuántos parecen creer que por hablar mucho la divinidad los va a escuchar más y mejor?
El torrente de palabras, la imposibilidad de poner freno al impulso de hablar y hablar posee dos efectos negativos.
Los maestros espirituales tanto de Oriente como indoamericanos señalan que el hablar mucho es un derroche innecesario de nuestra ener
gía interior. Una energía que, afirman, es necesario concentrar para cosas más importantes.

De hecho, la fisiología nos indica lo mismo. En el acto de hablar movilizamos una gran cantidad de músculos faciales. Esto demanda energía muscular y, sobre todo, nerviosa. Quienes se desempeñan en una tarea que exige el habla —por ejemplo, la docencia— conocen la fatiga nerviosa que esto produce.
Por lo tanto, no por hablar mucho la oración será más eficaz. Una buena comunicación no demanda muchas palabras, sino claridad y sinceridad.
El otro efecto negativo es que el palabrerío excesivo suele ser utilizado para encubrir la realidad, ya sea la realidad de un vacío interior o de una situación dolorosa o angustiante que preferimos no mirar.

Una reflexión sobre la oración

Como hemos visto, los lugares y entornos pueden influir en el tono de la oración y en la disposición del orante. Se complementan y, entre todos, enriquecen la práctica de la oración.
Sin embargo, dijimos al principio que el lugar no es esencial. Necesitamos aprender a estar dispuestos a elevar nuestras plegarias allí donde las circunstancias nos lo exijan. Y estas circunstancias pueden indicarnos los sitios más inverosímiles o los menos —en apariencia— sagrados: oficina, medio de transporte, la calle o bajo la ducha.

Un ejemplo de disposición a orar en cualquier lugar lo dan los musulmanes. Como deben observar horarios de oración obligatoria, muchos llevan consigo una pequeña al fombra o esterilla. Cuando se hace la hora de la plegaria, allí donde estén les basta desplegar su alfombra o esterilla para contar con un lugar “separado”, un suelo consagrado donde prosternarse y orar.

Otras culturas no lo ven como necesario, pero el ejemplo nos transmite un mensaje esencial: todo lugar es apropiado si la disposición interior es buena.

Reflexiones sobre Acción de Gracias

La alabanza conduce nuevamente dentro de una secuencia lógica a la gratitud.
La gratitud es una actitud positiva que nutre el alma y la buena disposición interior. Casi todas las tradiciones espirituales del mundo insisten en que la salud espiritual y buena parte de la salud física y emocional de una persona se ve fortalecida cuando encaramos cualquier actividad o apreciamos cualquier hecho con una actitud de agradecimiento.

En el caso de la oración, muchas son las cosas por las cuales podemos agradecer a la divinidad, desde hechos que damos por sentado, como que el sol salga todas las mañanas o que al abrir el grifo contemos con agua potable, hasta encuentros, aprendizajes y logros de la vida.

Como ejemplo de la manera en que la gratitud afecta nuestro punto de vista y disposición interior, podemos citar a algunas tradiciones protestantes en las que, cuando alguien fallece, en vez de llevarse a cabo un ritual fúnebre, se realiza un servicio de acción de gracias por la vida de quien ha partido.

Más aún que la alabanza, la acción de gracias tiene el efecto de brindarnos una perspectiva más amplia y una base segura desde la cual expresar la súplica. Si la alabanza tiene un carácter general, podemos decir que la acción de gracias siempre es más personal. El orante agradece a la divinidad por lo que él o ella percibe como dones que le han sido otorgados para disfrutar.

En definitiva, la gratitud abre el corazón, y al abrirlo, despeja también nuestra disposición a recibir.