Disposición a obedecer

La disposición a obedecer ensalza la oración.

Al orar pidiendo la guía de la divinidad en una determinada circunstancia de la vida, debemos estar dispuestos a aceptarla.
Por un lado, es importante aprender a escuchar y —en relación con el punto anterior— aprender a discernir la voz interior o la voz de la divinidad de las muchas otras voces que se alzan en la mente.
Una vez que aprendemos, ¿de qué vale la oración si no estamos dispuestos a obedecer?

Supongamos que durante la oración tenemos la clara percepción de que para solucionar un problema necesitamos cambiar una actitud o realizar una acción que no preveíamos. Nos resultaría más cómodo no tener que hacerlo y que las cosas se acomoden solas a nuestro favor. Sin embargo, la respuesta nos ha llegado y, aunque no sea la que soñábamos, tenemos que estar listos para recibirla.
Si no estamos dispuestos a seguir la inspiración de la oración, entonces ésta no es más que palabrerío vano. No hay oración eficaz sin entrega y sin voluntad para aceptar lo que en ella descubrimos.

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