Monasterio y ashram

Lugares que reciben especialmente a quienes desean dedicarse a la oración con mayor profundidad, y a la vida religiosa en forma permanente.
En ambos casos, la meditación, el estudio, la reflexión y la contemplación también forman parte de la vida de un monasterio o un ashram. En la tradición oriental, un maestro espiritual se encarga de impartir instrucciones, transmitir lecciones de sabiduría o guiar la meditación.
De todos modos, no es necesario dedicarse a la vida religiosa para acudir a un monasterio o un ashram. La mayoría acepta visitantes que permanecen por períodos cortos, desde unos pocos días a unos meses, y cuyo deseo es tener unos momentos de retiro y oración.

Una ventaja de estos espacios es que en ellos la vida cotidiana sigue reglas de convivencia y normas a las que el visitante debe someterse, lo cual refuerza aún más la sensación de estar fuera del mundo que uno vive todos los días. Como ejemplo podemos citar a los monasterios trapenses. En ellos, los monjes hacen voto de silencio. El visitante debe aceptar, por los días que allí permanezca, permanecer también él en silencio, salvo para recitar ciertas oraciones o cánticos —una vivencia muy distinta a la desatada por la verborragia cotidiana.
Las reglas de un ashram también suelen establecer momentos muy estrictos para la meditación en soledad, momentos para escuchar la instrucción del maestro, y espacios para la oración individual o comunitaria.

De esta manera, la oración no queda sujeta a los vaivenes del ánimo y el orante puede adquirir cierta disciplina para desarrollar su práctica.

La ermita

En medio del desierto o enclavada en la ciudad, la ermita es un espacio reducido, con las comodidades mínimas, para estar en soledad. Es un lugar de retiro, donde el orante busca estar a solas con su conciencia y con la divinidad, evitando toda distracción.

La ermita es un lugar extremo. El mundo queda atrás y allí no hay nada que hacer salvo orar.

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