Orar en el desierto

Un lugar clásico de retiro y oración en la antigüedad, el desierto pareciera ser lo contrario del bosque, pero sólo en algunos aspectos.
El desierto se asocia con el retiro de todo lugar habitado, lejos de todo vestigio de civilización. Implica una salida, apartarse del mundo cotidiano pero de manera sacrificada, para ex
ponerse a la intemperie, allí donde todos los fenómenos naturales son más intensos y violentos, desde los vientos y las tormentas hasta el brillo de las estrellas por la noche.
Quien se retira al desierto elige rodearse de un paisaje árido y monótono. No existe la diversidad exuberante del bosque ni el desafío de la montaña, por lo que supone una renuncia a toda distracción exterior para concentrarse en el propio paisaje interior. Esta concentración puede ser dura y sufrida, pero la misma naturaleza del desierto encarna su recompensa.
Quien se ha internado en el desierto sabe que la monotonía es sólo aparente. El desierto también bulle de vida y movimiento, sólo que no está a simple vista. Es como si existiesen brechas o nichos donde se produce una notable y inusual interacción entre plantas, insectos y animales.
Como analogía espiritual, el desierto supone retiro y negación sacrificada del mundo, pero también tesón y estoicismo para ir más allá de lo aparente y descubrir lo que la mirada superficial no revela. Da a la oración un tono de verdadera “sed” de agua de vida, renuncia, purificación y concentración interior para hallarla.

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