Orgullo y otros sentimientos que hay que dejar de lado

La suficiencia, el orgullo y la jactancia producen oraciones vanas.
¿Cuántos creyentes, por el hecho de tener una vida de oración, se sienten mejores que los demás y con derecho a juzgarlos?
Las tradiciones espirituales de Oriente insisten mucho sobre este punto. Cuando uno nota que está haciendo progresos en la vida de oración comienzan a aparecer trampas mucho más sutiles y poderosas. Creerse superior y mirar al resto del mundo por encima del hombro es una de ellas.
Le llaman el “efecto rebote”. Cuando uno cree haberse elevado, y de hecho siente que su espíritu se eleva y establece una comunicación fluida con lo sagrado, darse importancia personal a costa de los demás significa un descenso.

Los orientales lo atribuyen a una reacción del ego, que al sentirse amenazado por la presencia de lo sagrado, hace lo posible por retomar el control.
La sensación de progreso que desemboca en orgullo —enseñan— forma parte de la ilusión. Por lo tanto, la mejor solución es ignorarla, dejar que pase de largo o atravesarla sin hacer caso del canto de sirena que nos susurra en los oídos.

Para la tradición espiritual indoamericana, la importancia personal es uno de los cuatro enemigos mortales del guerrero. “Mortal” porque tiene poder para estancar el crecimiento espiritual.
Un proverbio budista dice: “Si en tu camino te encuentras con el Buda, mátalo”. El sentido profundo es que si en algún momento nos creemos iluminados o superiores, moral o espiritualmente, a los demás, es necesario destruir esa percepción, ya sea ignorándola o manteniéndola a raya.

La suficiencia, el orgullo y la jactancia aten tan contra la humildad y la apertura del corazón necesarias para que la oración sea eficaz.

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